Memoria, olvido, decision

Ed. Traç Dep.Legal B-31092-86
©José Luis Catalán Bitrián



En la antigüedad existieron mitos acerca de la memoria, como por ejemplo las series dedicadas a Mnemosine entre los griegos. Platón, en su República, nos habla de una versión, de tradición pitagórica, en la que las almas de los muertos beben en el agua del Leteo y así ocurre que olvidan sus vidas anteriores antes de renacer. Este mito apunta a la experiencia de renacimiento que implica recordar(1). Efectivamente, eran una práctica común en los círculos pitagóricos los ejercicios de memoria para recordar los sucesos diarios y así llegar a tener presente la vida transcurrida, incluso vidas anteriores, como una forma, atenuada si se quiere, de inmortalidad.

Paralelamente a las distintas construcciones mitológicas se desarrollaba en Grecia una tecné del recuerdo, de la que representa un hito Simónides, con su arte de ordenar el material a memorizar de los discursos en el ágora.(2) Se hacía cada vez más decisivo el desarrollo de la nemotecnia en la medida que se complicaba la cultura. Estas técnicas fueron retomadas por la tradición latina y más tarde por la escolástica.

En cada momento histórico, por supuesto, la función de la memoria se ha visto según las coordenadas socio-intelectuales del momento.

Nosotros en particular, somos herederos de una versión mecanicista de la memoria que arranca de los asociacionistas, experimentalistas de primeros de siglo, que por lo general soñaban con ser los Newton de la psicología. Según esta versión recibimos impresiones cuyas huellas o impactos se imprimen como en una tablilla de cera. Hoy nos vendría bien para expresar la misma idea, la imagen de la memoria como una cinta de video, en la que ningún detalle que pasase por el ojo de la cámara dejara de grabarse.

Nuestra posición en este punto es la de romper con esta tradición mecanicista. Contemplamos la memoria dentro de un conjunto más complejo que llamaremos sistema de almacenamiento, recuperación y decisión.

Hay que contemplar el mecanismo de manipulación de conocimiento como una globalidad. El sujeto humano lo que realiza son acciones, por lo tanto los datos necesarios para la acción estarán a su servicio, y ello incluido el caso especial en el que la acción de la que se trata sea precisamente la de recordar por el gusto de darnos un placer o derivar una utilidad especial de ello.

Si tomo la decisión de presentarme a un desconocido, surgirá automáticamente mi nombre, mi edad, y los demás datos necesarios. Si lo que quiero es averiguar el coste de 5 paquetes a 80 pts. cada uno, rápidamente aparecerá en la pantalla de la conciencia cuanto son 8x5, dato necesario para realizar el cálculo. elementos imprescindibles para llevar a cabo los actos en curso realizativo.

Es imprescindible tener en cuenta que todo lo que se olvida o se recuerda tiene que ver con lo que nos está interesando hacer en el presente.

Los temas tradicionales de atención, memoria a corto y largo plazo, memoria visual, auditiva, etc., para nosotros, que pertenecemos a la era informática, necesitan una nueva conceptualización.

El sistema de la memoria está subordinado al de las intenciones o decisiones. Lo que haga referencia a la memoria lo tenemos que considerar siempre desde el aquí y ahora, desde nuestro presente. Es desde el instante presente que el sujeto humano recompone otro tiempo imaginario que existe en tal presente en forma de imagen (visual, acústica, esquema dinámico o aquello que sea).

La obligación de pensar las cosas en nuestro presente y tomar las decisiones oportunas en presente subordina toda la serie de datos. No se puede decir que ninguna imagen del pasado nos asalte, sino que los datos los traemos según las necesidades actuales.

Si ahora decido acordarme de mi abuelo, dibujo mentalmente un primer plano de su cabeza, o si quiero acordarme mejor trato de construir la imagen completa de mi abuelo en un día señalado. Si estudio a fondo estas imágenes me llevaré sorpresas: a qué segundo exactamente obedece tal imagen? cómo es posible, si es que la imagen real está grabada en alguna parte, que pueda recortarle la cabeza? llevaba precisamente tal vestido el día de que se trata? en qué fondo se encuentra la imagen? cuál fue exactamente mi estado de ánimo al fijar aquel segundo?...

No tendremos otro remedio que reconocer que no existe túnel del tiempo, no existe forma de estar realmente allí, frente al abuelo, siendo los que éramos entonces. En cambio, a pesar de la inexactitud, tenemos la sensación de que las imágenes son verídicas y precisas.

Igual sucedería si describimos en veinte minutos lo que sucedió en una hora: lo podemos hacer de tal forma, que tengamos la sensación de decir exactamente lo que sucedió. Pero evidentemente, aquí exactitud quiere decir otra cosa que una medida al pie de la letra, en la cual estuviera reflejado cada milisegundo de lo sucedido. Todo ello confirma que la memoria no es un video literal sino una especie de habilidad cinematográfica de resumir lo sucedido de una manera verosímil.

Un guionista que quisiera describir una escena representativa de la vida rutinaria de un matrimonio, elegiría un prototipo, una secuencia determinada de planos, un diálogo, una escenografía. Con todo ello trataría de ser verosímil, no testigo neutro, ni periscopio indiscreto que refleje los hechos sucedidos para que el espectador los vea tal como son. Los escritores lo saben bien cuando emplean el imperfecto (había un matrimonio, que hacía, que era, etc.) para transmitir una tipicidad.

El saber es una capacidad de procesar la realidad, que puede ser utilizado después de adquirido para codificarlo de nuevo en algún tipo de medio expresivo: en imágenes más o menos vivas (coloreadas, animadas), música, postura corporal, dibujo, escritura, etc.

Lo que sabe un pintor de una batalla lo puede plasmar bajo forma de pintura sobre un lienzo, percibido a continuación por el espectador del cuadro, quien, como interpretador de símbolos, dará movimiento a los trazos inmóviles de la tela, postulando antecedentes y consecuentes al momento expresado, es decir, que imaginará a su modo, una batalla de la cual averiguará algo, independientemente de que en el cuadro sólo existan pinceladas de óleo.

Sabiendo -en código semántico- podemos acudir a distintas áreas del cerebro donde hay procesamiento de caras, de sonidos, de oraciones sintácticamente bien construidas, etc.., y en todo ese río revuelto pescar los materiales suficientes para construir de nuevo, ahora, una escena. No haremos entonces otra cosa que rellenar, ampliar el esquema inicial utilizado como sentido último y simular que una presencia sucede (justo al revés de lo que hacemos cuando percibimos una presencia análoga en la realidad). De esta forma podremos construir imágenes que tengan cierto parecido con la realidad, aunque no son la realidad, sino bajo forma de re-presentación.

En la alucinación, en cambio, está claro que construimos una imagen de realidad que pasa como la misma realidad presente ahora frente a mí. Si aquí en medio de la habitación alucinase una serpiente, para mí existiría esa serpiente de la misma forma que la silla o la ventana, aunque de una forma mucho más inesperada, desde luego. Sucede algo que en programación de redes neuronales se llama retropropagación que consiste en configurar un input (perceptual en este caso) según un output (resultado deseado). Esto es, de qué manera se tendría que percibir una realidad para ver en ella una serpiente.

El pasado se recrea cada vez que recordamos. Recordar es una forma de representarnos algo que sabemos y no precisamente una mecánica del retrato, un revelado exacto de lo sucedido.

Por otro lado, cuando decimos que sabemos lo sucedido en nuestro pasado, no tenemos que entenderlo forzosamente, aunque ocurra a veces, como que tenemos imágenes en el sentido fuerte del término, sino que se parece más al pensamiento verbal. Muchas veces vemos una imagen, supongamos una señal de tráfico, y lo traducimos a términos lingüísticos (v.g.. prohibido el paso). Esto último es evidente en la lectura, en la que vemos una /p/ pero la traducimos como fonema "p". Las experiencias que vemos, que sentimos, las podemos memorizar mediante métodos de almacenamiento, esto es, descompuestas por un análisis que deducirá los elementos últimos de sentido. Esta especie de estructura profunda del significado, puede ser retomada parcialmente y las partes pueden ponerse en relación mutua o con otros conocimientos previos, o ser traducidas a diferentes formas simbólicas distintas a la original.

Teniendo tales reglas, nos permitimos un despegue respecto de la materialidad de lo acontecido y podemos ser como esos dramaturgos que edifican a su gusto un guión, un teatro, para transmitir una realidad vista por ellos.

Si nosotros miramos con detalle una de tales escenas, síntesis de muchos acontecimientos, veremos que se trata de algo similar a lo que decíamos de aquella imagen del abuelo, en plano americano, en primer plano o plano completo que valía por el abuelo.

Cuando se habla de la memoria empleando metáforas fotográficas, habría que tener en cuenta que la foto vale por la persona. Hace las veces de la persona cuando a través de ella nos ayudamos para, dado un cierto vacío de formas, reconstruir el infinito continuo del tiempo. La foto, bien mirado, no se corresponde con nada de lo que exactamente pasó. Aunque nos asombre la información que puede llegar a proporcionarnos nunca deberemos confundirla con una repetición de algo ya sucedido. Por la misma razón, podemos generalizar estos ejemplos diciendo que en la memoria no hay repetición posible, sino una síntesis más o menos rica en información.

La llamada memoria fotográfica se tiene que entender como una habilidad de la acción presente. Pongamos el ejemplo de la mnemotécnica de Simónides: decido ahora imaginar que paseo por una mansión con columnas y estatuas, y hago como si dejase cosas en cada lugar por el que paso: la inventio del discurso la dejó debajo de Venus, la dispositio en la columna que le sigue, luego la elocutio a los pies de Atenea, y así sucesivamente... (3)Se trata de simular acciones, y aun siendo ficticias, tienen la suficiente intencionalidad como para subordinar los datos que se posan aquí y allá como medios de llevarlas a buen término, y susceptibles de ser recordadas como podría recordar un acontecimiento sucedido o el argumentos de una película. Similar técnica era la utilizada por el hombre prodigio que nos describe Luria en Pequeño libro de una gran memoria: recorría una calle muy familiar e iba colocando números y objetos en distintos sitios; más tarde sólo tenía que simular mentalmente el mismo paseo.

Podríamos preguntarnos, las acciones y cosas que se quieren memorizar cómo se dejan en olvido de forma que luego las podamos recuperar? Para contestar a esto vamos a referirnos a una acción de cierto nivel de complejidad. Aceptemos el caso de que pretenda acudir al abogado para ser aconsejado sobre un litigio. Como la acción en cuestión comprende gran número de pasos (salir de casa, llevar papeles en un portafolios, mirar el número de la calle, etc.) también se multiplica el número de veces que se toman decisiones a lo largo del trayecto de la acción. Esto último quiere decir que no sólo elegimos ir a un abogado para ser aconsejados, sino también qué ropa nos ponemos ese día -no vamos a ir desnudos por la calle y arriesgarnos a que nos detenga la policía local-, qué papeles vendría bien enseñarle, y en definitiva hasta caminar por la calle a un ritmo u otro, teniendo en cuenta la hora a la que hemos quedado. En resumen hay muchas cosas aparentemente al margen de pedir consejo que están, en cambio, en estrecha dependencia a la hora de realizar concretamente la acción anticipada.

Esto quiere decir que hemos de tomar una cierta distancia respecto a lo que nos interesa y tener en cuenta el conjunto de cosas que nos atañen. Aunque en un momento dado queremos realizar la acción de que se trata, no es sólo eso lo que nos preocupa. Estamos decantados, es cierto, pero no tanto que olvidemos tener en cuenta un máximo rendimiento junto a un mínimo coste en relación al conjunto de proyectos que nos llevamos entre manos.

Así es como, junto a lo que nos interesa en un momento realizar, y que para llevarlo a cabo elegimos sus pasos adecuados, están siendo mantenidas las demás características en suspenso activo: permitiendo aquellas cosas que ni favorecen ni estorban a la acción, aprovechando aquellas otras que lo favorecen, y tratando de neutralizar las que perjudican.

La amabilidad y simpatía del abogado favorecen la relación de ayuda al cliente, mejorando la transmisión y efectividad del consejo, pero de todas formas no puede decirse que sea siempre imprescindible. Si el abogado está serio porque tiene un familiar enfermo igual puede aconsejarnos con suficiente eficacia. La simpatía del abogado es percibida y procesada de alguna forma como conveniente, aunque en el foco de la atención lo que prime sea el consejo que buscamos. También pueden surgir inconvenientes. Por ejemplo, si el abogado me pide que le haga el nudo de la corbata, qué decisión tomaré? Puede ser que su petición se convierta en un elemento tan inconveniente que hasta prefiera renunciar al consejo del abogado con tal de no fracasar en el mantenimiento de mi orgullo personal por culpa de la realización de un acto excesivamente servil.

Todos los datos que se van procesando mientras se actúa, son ordenados y agrupados, los unos como foco de lo que interesa y los otros como neutros o bien como elementos a potenciar porque favorecen o bien como elementos que hay que contrarrestar porque perjudican a la acción de que se trate (o a otra colateral que se vería afectada si no se toman las medidas oportunas).

Siempre hay un poco de todo, porque nosotros simplemente pretendemos imprimir un cierto orden a una realidad completa que siempre nos envuelve.

Algunas personas fracasan en el control de las inconveniencias de las acciones, de tal forma que, excesivamente concentradas en lo troncal, no pueden prestar atención al curso complejo de sus acciones y con ello siembran futuros desvíos y descarrilamientos.

Hay por lo general, muchos inconvenientes para todo lo que hacemos, y nos pasamos gran parte del tiempo liquidándolos. Cuando nos va bien, la reina de la atención es la línea recta, y si no, lo es la línea quebrada del problema, que es aquella que aparece cuando el coeficiente de resistencia de la realidad contradice frontalmente nuestras expectativas.

Sucede lo mismo con el goce del amor. Cuando falla en la pareja, sus miembros discuten sobre el amor, el que se les debe, el herido, el perdido, etc. y si la relación va sobre ruedas, se olvidan de hablar sobre el amor y simplemente disfrutan de lo que realizan juntos.

Nada hay en la vida que no tenga inconvenientes y desorden. Hasta los mismos átomos poseen dentro de su aparente configuración de punto perfecto un caos de subpartículas en constante y loca ebullición.

La memoria no refiere sólo a lo que una persona aislada pretende archivar para la conveniencia de sus propios asuntos, sino que también puede ser colectiva. Sabemos cosas sobre nosotros, que también sabemos de las demás personas, individualmente o configurando organizaciones sociales. Por ejemplo, sabemos que si cometemos un delito puede que nos persiga la policía, o que cada cuatro años hay elecciones, o que en el siglo diecisiete los señores a la moda usaban peluca, o que se dice que un tal Guillermo Tell atravesó con una flecha una manzana que tenía un niño puesta en la cabeza.

Memoria, olvido y decisión, en contra de la tradición de ciertos psicólogos y fisiólogos, no son temas que puedan contemplarse por separado. Son cosas que en el mundo de los actos van juntas. Si decido acudir al curso a las siete, y sólo si lo decido, puedo olvidarme durante el día de este asunto con la seguridad de que en el momento oportuno, como un puntual despertador, y quizá justo cuando podría pensar en ir al cine después de salir del trabajo, la nota a las siete tienes curso aparece por arte de magia para guiarme benévolamente hacia donde había ordenado antes ir.

La afluencia de datos necesarios para el desarrollo de la acción funciona en régimen de confianza: confiamos simplemente en que los sistemas automáticos se desenvolverán a gusto de nuestras necesidades. Suponemos que la memoria esclava cumplirá puntualmente nuestras órdenes. Es lo que normalmente sucede, aunque de tanto en tanto se rebela, para volver luego a su cauce. Es más, si desconfiamos es posible que la memoria no de su máximo rendimiento, o al menos no nos salva de las contradicciones de darle ordenes contradictorias que igualmente cumple.

La memoria del pasado no se puede tomar de forma literal como si existiese un revival de la sucedido. Lo que ocurrió no puede volver a repetirse igual, ya que desde entonces al ahora hay el abismo del tiempo que ya no existe. Las imágenes del pasado son eso, re-presentaciones. Hay una diferencia entre presentación inmediata de las cosas que se da cuando estamos aquí y ahora en el mundo, de una re-presentación o seudo-presencia. Las imágenes del pretérito son más pobres en cuanto a densidad que las actuales, aunque afectivamente pudiera ser al revés. Aun pareciéndonos los recuerdos sumamente vivos, no van a dejar de ser construcciones a posteriori, y su sentido partirá siempre de la acción actual.

Si escribimos un libro de historia de la antropología, al igual que decíamos que la imagen del abuelo era construida según una intención actual, sucederá que reconstruimos un pasado antropológico para algo: no se podrá desligar el contenido de la historia pasada de la decisión intencional de reconstruir un pasado. Al lado de los contenidos del libro que trate sobre el Imperio Romano, existirán las razones por las que se escribe: rebatir, confirmar, contribuir a un campo del conocimiento, divulgar, opinar...

No se puede olvidar, por consiguiente, que al pensar el pasado, también hay una finalidad por la que se hace tal cosa. Constantemente hacemos un resumen de lo que ha sido nuestra vida, nos situamos al vernos en una posición, y por eso necesitamos, como al leer historietas que continúan, resúmenes provisionales del estado de las cosas, por ejemplo, si vamos siendo felices o si nos torcemos por mal sitio.

Cuando preguntamos a alguien cómo le ha ido el día nos contesta que bien, mal o regular. A lo largo del día atravesamos multitud de pequeños incidentes: tropezamos, nos alegramos, nos entristecemos. Hay muchas situaciones realmente diferentes, por lo tanto un resumen de la sucedido en el día no puede ser otra cosa que un balance según algún tipo de criterio personal.

Constantemente necesitamos situarnos en nuestra propia historia. Por otra parte se trata de una historia colectiva, en la que funcionamos como agentes y como pacientes respecto a otros prójimos. Dicho de otro modo, hacemos balance de como ha ido y va nuestra vida social. Para nadie la vida es algo que se aísla del exterior, se mete debajo de la piel y lo demás no cuenta, sino que la persona tiene presente a la hora de realizar balance todas las relaciones en las cuales se involucra en el mundo en general a o largo de su vida.

Debido a que un individuo puede hacer un balance a propósito de su posición en la sociedad, otros individuos -que también a su vez hacen tal cosa- pueden darle, como resultado contable, balances negativos. Puede suceder que una familia, un grupo, una institución o sociedad entera estén deprimidos debido a tal suerte de juicios adversos. Se habla entonces de clima, atmósfera de grupo, en vez del cómo te va.

Cada cual tiene un centro desde donde contempla a los demás, y los demás están, respecto a ese centro, en la periferia. Para cada uno de los miembros varía ese centro, y de la noticia que tenemos todos de los distintos centros podemos hacer dibujos colectivos, como por ejemplo una reunión en círculo de amigos o una pirámide jerárquica, las asambleas circulares del ágora griega, el modelo cosmogónico de la antigüedad como una serie de círculos concéntricos, o la imagen actual de un hombre-punto minúsculo sumergido en un espacio infinito en expansión.

El balance de resultados es un elemento básico de las estrategias de acción. Constantemente nos vemos obligados a realizar ajustes y evaluaciones para imprimir un curso favorable a los acontecimientos. Lo que podemos entender por mejorar, aquello en que se basa el ánimo expansivo, no consiste precisamente en el que el desarrollo de las acciones se dé al azar o en aceptar lo que venga, sino que más bien, lo que nos proponemos todos es situarnos por encima del renglón que las experiencias vividas nos han dejado como poso en la memoria del conjunto de nuestra lista de méritos, posesiones y goces.

El paso del tiempo que vamos resumiendo constantemente nos da una posición de lo que hemos conseguido, hasta donde hemos llegado. Esto lo necesitamos para saber qué es para nosotros mejorar o degradarnos. Saber lo que es mejorar o empeorar es tener una regla con la que regular las experiencias de expansión y reducción.

Cuando uno desea y realiza su deseo, está a gusto, pero ese gusto tiene que ver más que con la mera realización, con la apuesta de mejora que tiene para la persona su deseo. Por el contrario, cuando la persona ve que se degrada, reduce sus posibilidades, su saber, su poder, ello le crea una sensación de frustración o depresión. Aunque ocurriese que por lo demás hace las cosas normalmente, comer pasear, etc. va a sentir una profunda inquietud, cierta melancolía y tristeza porque sabe que no está mejorando sino que está corriendo el peligro de deteriorarse. Aparece la sombría posibilidad de que muera su aspiración social, que es parte de la vida humana, y agoniza por adelantado mientras se devana en el estudio de cómo salir del atasco.

Los grandes planes de vida sintetizan el pasado al mismo tiempo que predican determinado rumbo de ascenso para lo que queda. De esta forma siempre tenemos un criterio para enjuiciar nuestra posición actual.

Los ancianos tienen mucho pasado por sintetizar pero poco futuro para darse esperanza. Si su vida está llena de fracasos y conflictos les resultará muy difícil alimentar una buena solución a ese panorama. Están amenazados por otro lado con la pérdida de poder que representa un deterioro físico y una disminución de las vinculaciones sociales. En resumen: verse perdedor es morir un poco. Los animales agonizan cuando mueren físicamente, pero el ser humano comienza a agonizar cuando muere su dignidad social, de forma que alcanzando al nivel de vida puramente animal o vegetal se considera semi cadáver.

La síntesis que produce la memoria tiene que estar subordinada a la acción, pero esta acción muy bien puede referirse a otra de la que a su vez depende. Proyectos inmediatos que tenemos, por ejemplo durante el día, están subordinados a planes semanales que a su vez lo están de otros a largo plazo. Así, un chico pide el número de teléfono de una chica. Acordarse del número de teléfono es un elemento necesario para llevar a cabo un posible contacto posterior, que a su vez forma parte -el contactar- de la necesidad de encontrar una pareja con la cual formar una familia, es un supuesto. Cuando se trate de momentos electivos claves, como formar una pareja, tener niños, comenzar una nueva profesión, etc. tendremos que memorizar cosas fundamentales de nuestra vida(4), y no tan sólo un número de teléfono. Incluso a la hora de morir parece ser que muchos moribundos, para morir bien, necesitan hacer un último balance de lo que ha sido su vida.

De hecho, procesar la cultura recibida es vital para sobrevivir y orientarnos, para tomar posición, para ver qué hacemos y dejamos de hacer. Los datos que manejamos tienen que ver con la amplitud que para nosotros tenga la cultura vivida. A mayor cultura más complejidad, más trabajo vamos a realizar de síntesis, más fino y sutil.

Cuando una persona no construye su propio orden no sabe bien hacia donde dirigirse. El ordenamiento es para el hombre sus normas, su ideología, que a su vez son apropiaciones de propuestas culturales para el deseo. Así, querer formar una pareja, obtener una digna jubilación.

No tenemos ideologías para salir perdiendo, sino que estamos convencidos, tenemos confianza en que esas grandes propuestas resumidas para planificar la vida son las mejores lecciones que podemos haber sacado de nuestra experiencia. De llegar a descubrir la indignidad de la misión a la que son llamadas, trataremos de realizar un trabajo de cambio.

Aceptamos ordenamientos que provienen en gran parte de la cultura heredada, de la tradición. Asumir una cultura nos parece bien porque nos proporciona una posibilidad de goce que creemos buena.

Las ideologías nos llegan porque se difunden, bien sea a través de libros, por la prensa u otros medios de comunicación, bien por medio de la tradición oral del ambiente que nos ha rodeado.

El ser humano necesita un empleo especial del tiempo para sobrevivir y para poder ejecutar y sostener su vida social.

Necesitamos del tiempo pasado y futuro para poder dar un sentido al presente y podernos desenvolver en el presente según programas previos o teniendo en cuenta expectativas de futuro.

Dónde están el pasado y el futuro? El único lugar donde esa clase de tiempo puede estar es en el presente. En presente estamos haciendo algo. El sentido que tiene esa cosa que hacemos no lo vamos a encontrar jamás ateniéndonos al hecho observable de los ojos. Supongamos que vemos a alguien que está con el tirador de la ventana en la mano, qué hace? cierra o abre la ventana?. Aunque no hayamos visto el inicio de tal acción, si vemos que la persona se retira soltándolo, podemos deducir que antes estaba cerrada.

El presente actual, inmediato, es intencionado, a diferencia de otro actuar que fuese movido por otro tipo de reglas, como podría ser la del empuje del viento.

Algunos sabios griegos, preocupados por el estudio de los elementos que componían al hombre, al preguntarse qué movía al hombre, su alma-motor, especulaban si se trataba de un fuego o del éter.

Nosotros decimos hoy que lo que guía la acción humana es la información. No son otra cosa los tiempos imaginarios de futuro y pasado de los que estamos hablando.

Esta clase de tiempos imaginarios nos ayudan a podernos guiar en el presente a nuestro gusto, según nuestros deseos. Igualmente podríamos añadir, que esto quiere decir tener intención o bien ser libres de hacer.

A veces se discute tontamente acerca de si tenemos libertad absoluta, como si la pregunta por la libertad fuese acerca de si podemos hacer todo lo que queremos. Evidentemente hay muchas cosas imposibles para nosotros, como pueda ser reducirnos de tamaño a capricho, correr a la velocidad de la luz, estar en dos sitios al mismo tiempo, por poner algunos ejemplos.

En el vocabulario ordinario ser libres quiere decir que entre varias posibilidades, aquella que finalmente elijo no la escojo empujado por alguna enfermedad que me obligue ineludiblemente a ello, ni por casualidad. Al decir que hago libremente distingo el modo de hacer de estos dos que acabamos de nombrar.

Libertad es un concepto que tiene sentido en un contexto de varios términos ordenados, como cuando hablamos de temperatura y distinguimos entre lo frío y lo caliente, situándonos de esta manera. Teniendo la serie completa, y compartiéndola con los demás, sabemos decir si hace frío o calor. De la misma forma podríamos comunicarnos diciendo que las acciones las hacemos por obligación, por posesión diabólica, por providencia divina, por sugestión hipnótica o trastorno cerebral, o bien, ello sería un extremo de la serie, por libertad, porque queremos voluntariamente.

También la sociedad nos aprovisiona de conceptos-polos. Para un mediterráneo la serie del frío acaba en lo gélido y helado, pero para un groenlandés se extiende una larga serie de matizaciones respecto del frío y la nieve.

Cada sociedad tiene su tesoro lingüístico a la hora de describir su conocimiento de la realidad. El pensamiento verbal es de fundamental importancia para fijar lo que sabemos de las cosas.

En dos polos extremos iniciales podemos incluir terceros o cuartos términos (como entre lo blanco y lo negro podemos insertar lo que es gris), y pasar de una simple oposición a una graduación matizada, como al añadir lo templado y lo fresco al frío-calor. También podemos, respecto a la manera de darse la acción, enriquecer matizadamente su descripción como forma de dar cuenta de distintas circunstancias.

Así, junto a lo hecho voluntariamente u obligatoriamente, una corriente cultural como la psicoanalítica añadiría el actuar inconscientemente, o bien una religiosa el actuar por inspiración divina, o una conductista el actuar determinado por las contingencias de refuerzo o en cierto marxismo el actuar por los dictados económicos. Este conjunto de problemáticas de la intención las podemos agrupar en torno a la imputabilidad del acto, esto es, los problemas de autoría y responsabilidad, y ello siguiendo la regla de que el funcionamiento normal de actos que se cuestionan:

a) pueden devolverse a la normalidad diciendo que son voluntarios.

b) puede establecerse alguna variante, diciendo entonces que son involuntarios, inconscientes, etc.

Se comprenderá entonces lo importante que es memorizar los méritos y deméritos de las cosas buenas o malas que nos vienen ocurriendo. De esta forma podemos estar dispuestos en cualquier momento a dirimir qué cosas son nuestras, cuáles podemos utilizar como medios de conseguir finalidades, en qué debemos corregirnos para creer que somos interesantes a los demás, o que merecemos cierto beneplácito de los otros. Por todas estas razones, y otras muchas más que dejamos en el tintero, nos interesa mucho hacer exactas listas de méritos, y por ello aparece ineludiblemente la cuestión de la imputabilidad de tales acciones.

Baste recordar lo importante que resulta en los juicios a presuntos criminales esclarecer la imputabilidad de los actos que se le atribuyen, su grado de responsabilidad, las atenuantes y agravantes. En resumen, las consecuencias sociales y personales que tiene una acción dependen en buena medida, a la hora de significarla, de cómo creemos que se desarrolla esa acción en lo referente a su imputabilidad.

Cuando estamos en el curso de una acción, el pasado cuenta por todo lo recorrido provisionalmente. Supongamos un novio que ha tomado la decisión de comprar un piso. En un momento comienza a dar los primeros pasos, leer los reclamos del periódico, visitar una agencia... Cuando decide por primera vez comprar el piso no había pasado de ese deseo, sólo existía la pura expectativa. Fue un punto del presente real en el que hizo nacer un futuro, abrió una historia.

En el ahora, en el que no ha decidido nada más que decidir-hacer, es el punto de máxima anticipación y de mínima densidad real, pero aun con todo, necesariamente, algo real.

Porque algo está en su cuerpo, algo hace, el estar precisamente en puro embelesamiento, lo que es un tipo de acción a igual título que pudiera serlo divagar o estar pensando sesudamente. Está anclado a la realidad a través del cuerpo que palpita, que se conmueve.

Por otra parte, como se está prometiendo un futuro goce, que se caracteriza por obtenerlo imaginariamente por anticipado, hay ahí el mayor goce por algo que se realiza en casi nada.

Si tuviese ya algo entre las manos, por ejemplo papeles, llaves, ya habría una pequeña tradición, a la que desde luego le quedaría todavía el anuncio de lo que falta por conseguir. Hay también, estando a medio camino, un goce real de estar disfrutando de un trocito de piso, como pueda ser la llave de la puerta. Es un consumo directo, aunque parcial.

El día en el que consigue el piso, ese día ya no puede gozar más de la expectativa de tener un piso, porque ya lo tiene. De lo que puede gozar es del éxito final y real, y tras ese final no puede volver a desearlo, ni gozar anticipadamente de llegar a obtenerlo.

La acción de compra se ha acabado, aunque puede ser seguida por el entusiasmo de un nuevo deseo, por la fiebre de nuevos horizontes y amplitudes, por ejemplo decorar el apartamento, lo cual le compromete de nuevo con una aventura de confort y de estética.

Después de acabar una acción comienza otra, de tal manera que pasa de un entusiasmo a otro. En vez de conformarse con lo que ha ganado o bien deprimirse por lo que todavía queda, está alegre porque se las arregla para estar siempre saboreando por adelantado, imaginariamente, goces que vendrán.

Se da la paradoja de que, en el caso de que nos vayan bien las cosas, estamos la mayor parte del tiempo gozando de lo que estamos realizando con éxito, y gozando por anticipado del éxito futuro que -dada la buena marcha de los acontecimientos- gozaremos más aun que en el presente. Para aumentar el goce parece que no exista forma más adecuada que animar deseos de los que volver a gozar en el futuro. En conjunto tendremos muchas ocasiones de estar en una expectativa y menos bloqueados en un consumo de algo deseado previamente.

En la suma total de lo que consumimos realmente y lo que nos falta a lo largo de un día tiene que sobrar expectativa para no estar liquidados por algún peligroso hastío o vacío de consumo.

Este es el pequeño secreto de la ambición. Con ella siempre vamos a estar comprometidos en algo que desborda nuestra capacidad presente y real, de manera que nos arrancaremos hacia las diversas etapas o conquistas que, planteándonoslas, nos permiten estar cuasi-teniéndolas.

La depresión representa la marca cognitiva que tenemos para desatender la marcha de la ambición. Damos en ella por imposible una acción, y es un duelo del reconocimiento de la ruina de un futuro goce que esa acción pudiera reportar.

Si se muere un ser querido, la vida es nueva para mí, tendré que renunciar a compartirla con él. Puede que esa novedad sea difícil de digerir: algunas cosas me surgirá desearlas como si estuviera viva la otra persona, porque he puesto en el mecanismo activo del olvido programas para la consecución de goces que tenía que ver con ella. He ideologizado mi cerebro, he dispuesto horas de cenar, asuntos pendientes, planes a largo plazo. Cómo podré borrar todas esas órdenes que he dejado en olvido? Esta es la función del duelo, la de ser un borrador, un tachador que pone la cruz de imposible a los deseos para que se re-codifiquen como no volver a surgir o no realizarse ya. Desanimar un deseo, que es todo lo contrario de animarlo, requiere operaciones igualmente activas, una laboriosidad sistemática de desactivación y parálisis de los deseos.

Cada vez que se inmoviliza un deseo que todavía tenemos se da el dolor de esa descarga sobre el cuerpo que justo en ese momento se encendía. El grado de dolor dependerá del número de deseos que liquidemos y cuan importantes sean para nosotros.

Si no se tachasen los deseos, se darían como absurdas pretensiones, como al querer dormir abrazados con la pareja que ha muerto, como era nuestra costumbre.

Cortar con una relación afectiva que temporalmente ha dado poca ocasión a tener expectativas a largo plazo dolerá poco, pero un vínculo consolidado y profundo, con una memoria rica en programas que canalizan el orden de la sensibilidad, el sistema perceptivo, ritmos, valores, hábitos, todo un mare-magnum de cosas arraigadas, todo eso no desaparece en un momento en el que digo si, ha muerto. No es suficiente, se necesita más trabajo, múltiples operaciones de borrado.

Lo que la persona quiere es muy amplio, y las vinculaciones por las que puede dolerse si fracasan tan ampliadas como sus deseos. están los vínculos y relaciones sociales de trabajo, de amistad, familiares, de intereses, de ambientes y aquellas ideas reconfortantes que se vienen a pique.

En ocasiones es difícil remontar una crisis de cambio personal o social. Puede que con ese afán de no sufrir no queramos del todo darnos por enterados, renunciando a medias, como un alcohólico no del todo convencido a renunciar a su bebida consoladora..

1. Con los ejercicios de rememoración, el pitagorismo pretendía suministrar un medio de autoconocimiento, un modo de saber qué cosa es nuestra alma, de reconocer a través de la multiplicidad de sus encarnaciones sucesivas la unidad y continuidad de su historia Ignacio Gómez de Liaño, El idioma de la imaginación, Ed. Taurus 1982, pág. 60.
2. Este logro de Simónides parece haber dado nacimiento a la observación de que la memoria se ve auxiliada si se estampan lugares en la mente, lo que todos pueden creer comprobándolo experimentalmente. Pues cuando regresamos a un lugar tras una ausencia considerable, reconocemos no sólo el propio lugar, sino que recordamos cosas que allí hicimos, y comparecen las personas que encontramos y aún los indecibles pensamientos que pasaron por nuestras mentes cuando allí estuvimos. Quintiliano, Institutio oratoria III, iii, 4
3. Cicerón dice que se debe emplear un amplio número de lugares, que han de estar bien iluminados, clara y ordenadamente construidos y separados por intervalos moderados; y las imágenes han de ser activas, punzantemente definidas, desacostumbradas y con capacidad de salir rápidamente al encuentro y de impresionar la psique De oratore, II,lxxxvii, 358.
4. De ahí esa cara de despiste que podemos poner cuando nos hablan del el señor y la señora, su hijo, su marido y tardamos en darnos cuenta de que se refieren a nosotros.

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