Emociones

Por: José Luis Catalán Bitrián




La emoción es la forma de estar implicados en las situaciones, incluyendo tal experiencia una forma de estar el cuerpo: en tensión cuando se trata de agredir o huir, en apático relax cuando estamos tristes, en excitación cuando estamos alegres o amamos...

No es que la emoción sea exclusivamente corporal, ni tampoco sólo mental, más bien el aspecto cognitivo y las sensaciones físicas van completamente unidas como una forma integral de vivencia.

El lenguaje ordinario puede separar algún aspecto de la emoción porque le interesa remarcarlo (mira como estoy temblando, lo que me dices me parece ofensivo son mensajes que apuntan al cuerpo y a la evaluación, respectivamente), aunque la vivencia interna integre el pensamiento y la imagen de cuerpo propio.

Constantemente estamos manipulando nuestro cuerpo y realizando evaluaciones, por lo que hablar de actos presupone una forma de estar involucrados(1) en lo que hacemos, esto es, nos referimos al hecho de que no nos resulta indiferente el curso de la acción, sino que preferimos que se realice con éxito lo deseado. El deseo, en ese sentido, es una especie de anticipo de lo que queremos que suceda y constituye el sentido de nuestra acción.

No obstante el lenguaje de la emoción distingue un tipo de actos sobre los que recae una determinada estructura que generalmente se centra en momentos clave de las acciones, proporcionando ese interés e intensidad en el que se piensa cuando hablamos de la emoción.

Lo que podríamos llamar emociones relevantes conforman un tipo de actos con una lógica convencional reconocible, lo que constituye una característica fundamental a la hora de comprenderlas. Tendremos que mirar a su alrededor, ya que al ser actos, son actos entre actos, esto es, van dentro de los deseos como medio de llevarlos adelante.

Evidentemente, es fácil reconocer que huir de un peligro, golpear a alguien, acariciar, etc. son acciones. Pero qué hacemos cuando, sentados en una silla, nos angustiamos pensando en un problema, o cuando estamos sintiendo amor viendo como juega nuestro hijo? La respuesta para estas acciones aparentemente vacías de conducta directamente observable es variada:

(a) en unas ocasiones estamos en el momento de la acción en el que estamos planificando y /planificar/ es una parte de lo que hacemos. Así la huida tiene diversos pasos: cuando corremos, cuando buscamos un lugar seguro; pero también un momento de la huida es aquel en el que pensamos a toda velocidad en la necesidad de huir, hacia dónde, de qué manera, haciendo un esquema en un papel.

(b) O bien se trata de acciones sin desplazamiento como lo sería descansar tumbados en la cama. Así alguien puede preguntar, qué está haciendo fulanito?, y contestamos está descansando. Notemos que en el lenguaje, los verbos suelen cumplir la función de expresar acciones, y que tenemos unos verbos que son dinámicos (extensivos) /andar/, /coger/, otros son estáticos como /pensar/, /fantasear/, /concentrarse/... La emoción es una forma especial, en los verbos flexivos, de realizar acciones. Por ejemplo, odiar pensando consistirá en una forma de agredir mentalmente a alguien, o amar fantaseando un forma de dar y recibir cosas respecto a un personaje de nuestra imaginación.

(c) otras veces se trata de los roles pasivos de las acciones. Cuando cuidamos de nuestro hijo y recibimos de él una sonrisa, o vemos que ha hecho un progreso, sentimos el afecto correspondiente a algo que se nos da. Nadie duda que saludar es una acción, pero dentro de esa acción se necesitan dos roles, de agente y de paciente, de manera que cuando alguien nos extiende su mano, que nosotros la acojamos forma parte del saludo (de lo contrario se trataría de un saludo frustrado). De la misma forma, ver que nuestro hijo juega es recibir de él una especie de apretón de manos por el que se nos recompensa de los esfuerzos y expectativas centradas en él. Para el niño que juega con sus amiguitos en el parque infantil, que el padre esté ahí por si acaso le proporciona la seguridad suficiente para atreverse a explorar comportamientos nuevos. La mirada que de tanto en tanto se dirigen padre e hijo cumple lo que Malinowsky llamaba la comunión fática, un acto que cumple la finalidad directa de vincular el oyente al hablante por un nexo de algún sentimiento social o de otra clase(2)

A menudo la emoción no se ve como una acción porque a diferencia de un saludo, que es una acto corto y sencillo, en un proyecto largo y complejo como pudiera ser el de una vida familiar, los distintos momentos parecen estar aislados, separados entre, sí, tal como si el día de la boda y el día que vemos retozar a nuestro hijo no formaran parte de la misma macro-acción, el proyecto de tener una familia. Es decir, que cuando muchas acciones se juntan para convertirse en un proyecto a largo plazo, es fácil que perdamos de vista el sentido de lo que hacemos de tal forma que estemos sintiendo algo y no sepamos bien porqué.

Un ejemplo de estos deseos complicados en los que nos perdemos puede ser el enamoramiento. Durante muchos años vamos perfilando nuestros gustos, los valores morales, nuestra forma de entender la relación entre hombre y mujer, nuestra manera de pensar. De pronto vemos a una persona, con sus gesto, una forma de ser que creemos adivinar, una serie de futuros momentos que nos gustaría compartir. esto es, esa persona parece encajar como candidato para una serie de proyectos que hemos ido construyendo. En el momento del flechazo parece que sentimos un amor repentino, sin explicaciones ni razones: pero esa impresión es debida a que nos conocemos poco, a que olvidamos aquellos otros momentos en los que nos hacíamos cábalas sobre el amor, los ideales, los gustos y las expectativas para el futuro.

Nos podríamos preguntar: si habíamos deseado enamorarnos un día, cómo es que ese día en el que sucede nos olvidamos de que estamos realizando un deseo que teníamos? Esta incredulidad entraña no re-conocerse, olvidarse del proyecto inconcreto que uno mismo tenía.

Si miramos más de cerca el momento en el que reconocemos el amor que sentimos, podremos observar que no nos acercamos a un objeto extraño e incomprensible, hacia el más bien cabría dedicar esfuerzos de exploración para desvelar su naturaleza, sino como un familiar largo tiempo esperado que aparece con la cara cambiada.

Tampoco es del todo casualidad que la literatura y el cine que más nos han impresionado, nos aprovisionen de fórmulas oratorias, de gestos, de maneras de seducir, etc.: usamos una semántica amorosa ya pre-dispuesta en años anteriores. Lo ensayado en prematuras experiencias, lo que conocemos del amor, todo ello genera esquemas de comportamiento, esqueletos de acciones afectuosas que pasarán de una virtualidad a una realización plena a través de personas reales y elecciones pormenorizadas.

El hecho de que una persona pueda tener distintas parejas posibles, con un cierto grado de validez satisfactoria, (cosa que por razones de viudez, separación o divorcio sucede con relativa frecuencia), muestra que una misma persona puede amar con distintos estilos, y sin embargo se puede identificar perfectamente con un mismo deseo de formar pareja, con unas mismas claves de su funcionamiento amoroso. Igual que un crítico literario establece un género tal como la novela negra, la ciencia ficción, costumbrismo, etc., como un esquema narrativo fundamental que atraviesa historias muy distintas, también, siguiendo el símil, podríamos ser contemplados como un género o clase de amantes.

Para entender mejor porqué decimos que las emociones son actos entre actos, daremos unas reglas generales que hacen que una emoción que apunta a un objeto actual, por añadidura la podamos considerar, bajo un punto de vista de primera clasificación, un género de emoción básica:

=> En las emociones de miedo vivimos un aviso de un peligro que arruinaría un deseo que tenemos (de vivir, gozar de buena salud, tener una excelente imagen personal, caer bien a los demás, etc.). El aviso de peligro lo tenemos que entender como una evaluación(3) compleja del plausible desarrollo de lo temido junto a las posibilidades correspondientes de contrarrestarlo. Según a la distancia y velocidad que vemos a un coche que viene por la calle que estamos atravesando y según las posibilidades que tenemos de alcanzar la acera antes de ser atropellados tenemos un miedo más intenso, si nos vemos poco menos que arrollados, o más liviano si nuestros medios defensivos superan las circunstancias con creces.

=> La agresión es un método de conseguir directamente un deseo y un método defensivo indirecto de conseguir que un deseo que tenemos no se arruine por un obstáculo que interfiere. El prototipo de la guerra de conquista nos da la pauta del estilo directo de agresión. En ella tratamos de destruir la resistencia que presentan los otros a nuestros deseos expansivos. El agresor quiere ganar a costa de la pérdida del otro. Los intereses de los actores se vuelven irreconciliables, y por ello se diferencia de las relaciones comerciales o amistosas en las que el ideal consiste en que cada cual gane lo justo. La muerte (total o parcial) del otro es buscada como modo de apropiarse de lo que el ser o el tener del otro impide ser o tener a su costa. La agresión indirecta tiene una estructura de método defensivo. Nos defendemos de un peligro (si somos vendedores, del peligro de quedarnos sin clientes; si somos deportistas, del peligro de un ataque, de una ofensa, etc.). La defensa, de tener éxito, logrará liquidar dichos peligros, con lo que podremos llevar a cabo nuestros deseos (ver vendedores que venden, seguir sanos, tener buena imagen de nosotros mismos, etc.,). Esta división entre dos clases de agresión puede ser menos tajante en la práctica, por ejemplo, cuando un equipo de fútbol pasa del al ataque a la defensa en una misma jugada, o cuando no sabemos si un vendedor avasalla o intenta no ser rechazado.

=> Mediante las emociones amorosas, obtenemos las cosas que se dan por generosidad, y que son deseables. Podemos desear realizar nuestra sexualidad, tener el apoyo de un compañero, alguien con quien distraerse, etc. El modo de conseguir este cúmulo de necesidades que se espera que un compañero satisfaga, es conquistando su voluntad de darnos por un intercambio amoroso. La familia de las emociones amistosas oscila en un margen de amplitud, que varía según las personas, las culturas y las épocas históricas. El nivel mínimo es el comportamiento cooperativo, aquel por el cual respetamos las reglas de juego económicas o simplemente contestamos a alguien que nos pregunta por una dirección. Para llegar al intercambio económico tenemos que enterrar el hacha de la guerra y aceptar unas normas de juego mínimas que favorecen a las partes, aunque a veces más a una que a otra. La violencia social surge precisamente de esta clase de desacuerdos en lo que uno quiere recibir algo que no obtiene de la aportación de los demás. El nivel máximo de amor lo establece la sofisticación de la cultura de la reciprocidad y de la generosidad. Cuanto mayor es la expansión personal que se obtiene por medio de la interrelación con el otro, implicando necesidades materiales, pero también intelectuales, de goce erótico, de fruición, de alianza, de ayuda, etc., la intensidad y profundidad del intercambio nos hacen contemplar al otro como necesario para ser. A su vez la pérdida del amor implica convertirnos en una sombra de lo que podríamos ser.

Tan importante como para las relaciones de pareja o de amistad, el afecto es de vital importancia en las relaciones sociales, donde se traduce en un motor de solidaridad, e incluso en las relaciones internacionales, como forma de evitar que los conflictos acaben en beligerancia destructiva.
 

1. "La implicación no es un fenómeno concomitante. No que haya acción, pensamiento, habla, búsqueda de información, reacción, y que todo eso esté acompañado por una implicación en ello; más bien se trata de que la propia implicación es el factor constructivo inherente del actuar, pensar, etc., que la implicación está incluida en todo eso, por vía de la acción o de reacción". Agnes Heller, Teoría de los sentimientos, Ed. Fontamara, Barcelona 1980, pág. 18.

2. Bronislaw Malinowski, El problema del significado en las lenguas primitivas, Suplemento I para el libro de Ogden y Richards, El significado del significado, Ed. Paidos, Buenos Aires 1984. pág, 330.

4. Albert Bandura, Pensamiento y acción, en particular ver el capítulo 4, Difusión social e innovación, Ed. Martinez Roca, Barcelona 1987

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